Arte y Crítica

Ensayos - 14/01/2017

Soy un ave exótica

por Gabriela Clara Pignataro

Veo en las cosas el eco de algo que no puedo nombrar. Una planta aparece, de pronto su ruido. Un tic tac para criar una
pisos debajo del nivel de mi peso falsamente suspendido, y cruzando la calle: la casa de la ochava. Parece deshabitada, no me animaría a decir “abandonada”, tan sólo sin trazos visibles …

Veo en las cosas el eco de algo que no puedo nombrar. Una planta aparece, de pronto su ruido. Un tic tac para criar una

pisos debajo del nivel de mi peso falsamente suspendido, y cruzando la calle: la casa de la ochava. Parece deshabitada, no me animaría a decir “abandonada”, tan sólo sin trazos visibles de reacciones humanas en este período de observación.

desierto. El desfasaje entre el sentimiento y su efecto en el tacto, secuencia florida. La primavera llegará tarde o temprano, como todo aquello que no puede ocultarse.

Quisiera que me tomasen una foto cuando estoy así de callada, para poder recibir mi contorno como una forma por fuera de mí. Salirme del lenguaje para nombrarme como nombro las cosas que existen: casa, perro, árbol, nube, ella- yo.

No lo veo desplegado en el movimiento de los labios y la lengua, pero aún así, se siente en alguna capa magmática del cuerpo. Entonces irreverentemente, existe.

A veces se extraña, se mira la espina de alquien que es un recuerdo: digo mi nombre al revés. Aparezco.

Como ese flujo magnético capaz de plegar las geografías plateadas, o alejarlas. La fuerza es la misma, la cercanía o el deslizamiento opuesto dependen de la cara que se muestre. Y en esta amabilidad de los metales, se reduce el universo.

El espacio, la casa, la cosa. Las paredes hablan. Temer los datos, el lugar. Qué historia, se dice.

Tengo puesto un pantalón negro con arabescos blancos. Un pantalón fresco, suelto, dónde mi cuerpo oscila en el espacio entre la piel y la tela.

La fuerza siempre es la misma para detener o avanzar el tiempo.

Estoy frente a la ventana, con la cara pegada al vidrio; es decir, si quiero puedo acercar la llanura de mi piel al cristal y sentir el frío de la primavera inestable que se transfiere en la tarde gris de este martes.

¿Cómo se llama aquello que existe entre dos periferias?

La potencia, la sustancia irreducible es la misma: la elección cualitativa es la libertad del ojo que mira. No es un acto de fé.

Desde el balcón de un quinto piso, sin edificios haciendo guardia enfrente, la ciudad se desarma como un cuadro, un Hopper gaucho- urbano. La bruma profusa, clareando del fondo hasta acá; escalonándose las torres y antenas descendiéndose de la línea del horizonte hasta llegar a las casas bajas.

La periferia de la piel y la de la prenda. Ese espacio aerial, invisible pero existente. La periferia de la vista y la superficie del objeto, la distancia entre la palabra y el oído. El trayecto entre el pensamiento y la manifestación.

Vagabundeo por la ventana y entre el paisaje y yo está mi propio reflejo tenue en el vidrio. Somos dos entonces mirando el barrio, y una la que se mira aunque sin verse. La soledad templada del que escucha, que siempre escucha. La abstracción del que escucha lo que no se oye; la del náufrago, el preso, el escapado, el irredimido. Volverse invisible sin desmaterializarse.

El barrio, mi barrio, mi pequeño reinado que no adueño. Las tejas partidas, las terrazas descuidadas, el punto santa clara de los cables telefónicos en la esquina. En diagonal a mí, cinco

Como la fuerza que mantiene a los imanes repelidos, alejados, un flujo magnético que no se traza en el espacio sino a través de la conducción sensorial de los dedos que sostienen los imanes hasta la decodificación del cerebro.

Suena el teléfono y no atiendo. Hoy no debería estar en casa, por lo tanto nadie que me busque me estaría llamando. Y si así fuera, podría estar desde luego, en cualquier lado. Afuera de todo, adentro mío.

Así, es eso que quiero explicar y no puedo.
La dimensión del fortín que se levanta en el.

 

Un camello llevando su propia reserva de energía en los días. La joroba que no pesa, ese es el único equipaje portable, biodegradable. Sospecho que todo lo demás es, transitorio, por lo tanto contingente.

su cuerpo. Un transformer.
Y me quedé con la cola entre los dedos. Artefacto, quiera. No olvidarlo nunca. Recordar el camino de las piedras centellantes en el barro.

Eso es algo que me enseñaron las iguanas.

Sienta respirar y el corazón latir frente al infinito movimiento de las cosas.

Como esas aves exóticas arremolinándose en lo alto de las Yungas. Sin conciencia de sí, hermanas del todo. Traspasándose los milenios en la memoria del canto.

Recuerdo la primera vez que aparecieron en el barrio, muchos veranos atrás también. Las iguanas son como oráculos estacionales, su presencia se adelanta a las cigarras y grillos; independientes de los alguaciles. Estos pequeños dinosaurios, surcan las paredes, los ladrillos, las fachadas de horribles azulejos como evidencia de una ciudad que olvidó las leyes esenciales. Hijas pródigas de la naturaleza, las iguanas resisten a la modernidad desde su piel escamosa, su desplazamiento veloz. Sus caritas de velocirraptors en miniatura, atestando rápidas miradas a las grietas.

El punto infinito. Si somos el punto infinito, la mínima expresión del universo, una pequeña totalidad en sí.

Quisiera que me saquen una foto, donde me sienta respirar y el corazón latir fuerte. Para entonces volver a mi nombre, pero de otra forma. Y no olvidarlo nunca.

La primera vez que las vi, me asusté y asombré; ese embeleso de lo desconocido cuando somos chicos. Estar de frente a un nuevo mapa móvil, que respira y nos huye.

Si hallamos nuestro origen, punto desde donde todo puede construirse, romperse, perderse y volver. Mellar el escombro, hacer piel ceniza, hambre basura, cuerpo reactivo. Porque el punto es, estar en casa.

Una vez, un espécimen muy grande se paseó delante de mí mientras regaba las plantas.

Quisiera que me tomen una foto, donde me sienta respirar y el corazón latir fuerte. Ser salvaje excitación de una tribu descubriendo un nuevo río y darle un sonido entre los dientes; ser el miedo abismal de estar abriendo la puerta de algo jamás visto. Cruzar la frontera. Y no olvidarlo nunca. Poder volver siempre que se pueda.

Lentamente me acerqué, la tomé de la cola. Cesó su movimiento de colibrí reptante, un péndulo que se detiene. Un ruidito casi inaudible, un crack en escala liliputiense y la iguana desandó

brote nuevo, efecto maravilloso.
Quisiera que me tomen una foto, donde me vea.

Estoy en la selva. Quiero que me saquen una foto y no me puedan clasificar.

El punto no tiene partes, no se puede partir, pero las construcciones parten de él.

La línea, el plano y el volumen; la casa, el templo, la nave espacial y la bomba nuclear.

Ser efecto residual del paisaje.

Su existencia devela, que siempre hay algo oculto.

Ser algo amputado articulación involuntaria extrañado
el brazo fantasma manifiesta espectral
su movimiento
signo de una metamorfosis masticada hacia adentro ritmo dominó
modifica las aguas
el mar puede volverse
todo el río,
devano cortajeo
devengo: artefacto-extranjera//

Categoría: Ensayos

Etiquetas: