Arte y Crítica

Ensayos - 14/01/2017

La última generación de los recuerdos analógicos

por Juan Manuel López Manfre

Recuerdo un primer momento en que comencé con el arte de perderme. A los 5 años, mi forma de salir del mundo era
por la ventana, los adornos que decoraban los estantes, las fotos arriba del piano, la mesa grande, las teclas amarillentas del instrumento. Quise recuperar la sonoridad de las músicas que improvisaba: obras temporales, …

Recuerdo un primer momento en que comencé con el arte de perderme. A los 5 años, mi forma de salir del mundo era

por la ventana, los adornos que decoraban los estantes, las fotos arriba del piano, la mesa grande, las teclas amarillentas del instrumento. Quise recuperar la sonoridad de las músicas que improvisaba: obras temporales, sentimentales, que sólo sonaban para mi.

querer construir el futuro. El amor. El encuentro de las nuevas soledades. Se busca desear y elegir los vínculos humanos y no aceptarlos por la imposición de las instituciones sociales como el matrimonio y la familia. Nos encontramos con la posibilidad de que este sea el tiempo de los nuevos románticos, portadores de otros espectros de lo sensible que se reconcilian con la nostalgia y el gesto obsesivo, y los transforman en tecnología de rescate, de saber y de potencialidad de futuro. Buscando algo tan familiar y exótico a la vez como habitar el tiempo para volver a contar historias.

El piano de mi mamá que estaba un piso arriba, en el departamento de mi abuela y mi tía abuela. Me sentaba en el taburete, levantaba la tapa del teclado y comenzaba a tocar. Las cosas que me pasaban cuando hacía sonar las notas y dejaba que los sonidos se apaguen solos. Creaba obras improvisadas y efímeras que interpretaba solo para mi. La técnica: la de un niño que no sabe tocar el piano. No podía terminar nunca de experimentar los sonidos que daban las teclas y las combinaciones entre ellas. No sabría decir si las emociones que iba sintiendo me conducían a tocar o lo que tocaba despertaba en mí esas emociones. No obstante, puedo afirmar que cuando entraba en el living de la casa de mi abuela y me sentaba en el piano, el mundo no existía porque me perdía en una temporalidad y lenguaje lejos del territorio de los relojes y las palabras. Este recuerdo es, de alguna manera, nuevo. Apareció -mejor dicho irrumpió- en mis pensamientos en medio de una clase en la Universidad. No pude escuchar más al profesor. Me sumergí en la memoria y me dediqué a tratar de recordar todo de esas tardes sentado en el piano del departamento de la calle Miller. Me detuve en la intensidad leve de la luz que entraba

Quizás, esta anécdota sea útil para describir algunos elementos de las sensibilidades de los jóvenes de una generación que nació en un mundo y vive en otro, que recuerdan recuerdos analógicos en un mundo digital. Aquellos que se los puede reconocer por “tener la misma altura frente al horizonte de problemas de su tiempo” (usando palabras de Julián Marías), están configurando a través de varios procedimientos, una nueva forma de vincularse con elementos fundamentales de la vida. El tiempo. La obsesión metodológica de habitar por completo el tiempo, querer detenerlo como gesto romántico ante la desesperación de la desaparición del mundo conocido en la niñez. Aprender las viejas técnicas como lenguas muertas que necesitan volver a la vida. El parentesco. Con el ahínco y estrictez de los etnógrafos clásicos, se trazan arboles genealógicos y se los estudian. Es importante conocer los vínculos que nos preceden. No hay que dejar que se pierdan, pero no hay que querer repetirlos. Nunca se trata de volver atrás, la idea es tomar elementos del pasado con la intención de…

Categoría: Ensayos

Etiquetas: