Arte y Crítica

Ensayos - mayo 2013

Fe en el Sur. Sobre “La Imagen Barroca” en la Biblioteca Nacional

por Matías Allende

Ante la elección del Papa Francisco y su, al parecer, nueva y revolucionaria gestión, la cual reavivará la fe de los cristianos alrededor de todo el mundo, pero por sobre todo en América Latina, es imposible –creyente o no–, evitar sonreír y asombrarse de cómo la Iglesia Católica nos demuestra, nuevamente, que puede reinventarse y ser el centro de la noticia.

Ahora bien, la conexión entre el arte contemporáneo y el catolicismo puede resultar anacrónica, pero no lo es tanto. La muestra “Athanasius Kircher: La Imagen Barroca en la Biblioteca Nacional” (diciembre, 2011- enero, 2012), curada por la historiadora del arte Constanza Acuña, nos presentó una experiencia estética del complejo saber universal (no solamente visual), de una de las mentes más interesantes de la historia de la humanidad, el sacerdote alemán Athanasius Kircher. Su fervorosa sed de sabiduría mundial, reflejada en la colección de dieciocho de sus libros en la Biblioteca Nacional, se tradujo en una “base de datos” para los artistas chilenos Cristóbal León, Joaquín Cociña y Demian Schopf. Ellos, Athanasius Kircher y un conjunto de piezas del barroco nacional, se articularon para sumergirnos en un mundo de símbolos sagrados y profanos; técnicos y naturales; espirituales y empíricos; el pastiche contradictorio que tomó este estilo en las nuevas tierras de la cristiandad durante el siglo XVII.

Pero, volviendo a la iglesia y su boom mediático, pareciera que la astucia del poder católico es la más grande que testifica la historia. Máquina imparable, indestructible, las piezas mejor aceitadas de la cultura occidental. Pero la fervorosa potencia que tiene hoy la elección del nuevo Papa posee la singularidad de tocar asombrosamente una fibra cercana, es latinoamericano y, tal vez el rasgo más interesante aún, jesuita. Puesto que América Latina y los jesuitas tienen una relación más sanguínea que con cualquiera de las otras órdenes sacerdotales. Hoy, el color vernácular y los cimientos del Vaticano, se funden con problemas que tienen que ver más con la política y la economía que con otra esfera de la vida. Pero hace cuatro siglos la cultura de la Compañía de Jesús y sus ansías de apropiación del Nuevo Mundo lo eran todo. Aquella cultura jesuita y, particularmente, una activa producción literaria del más prominente investigador del Colegio Romano, es la que llega a nuestro país –me refiero nuevamente a las obras de Athanasius Kircher.

Las obras con que nos encontramos en la Biblioteca Nacional potenciaban el carácter estético y narrativo de los libros de Kircher, los protagonistas del proyecto en general –la exposición “La Imagen Barroca”, una mesa redonda en la Sala América y la publicación de la investigación en torno a la obra de este sacerdote alemán “La Curiosidad Infinita de Athanasius Kircher” (Ocho Libros, 2011). La curadora de la muestra, Constanza Acuña, abre su libro agradeciendo a los participantes, algo usual, pero en lo que me gustaría detenerme. Allí, cuando se refiere a los investigadores, estos corresponden a los artistas –León, Cociña y Schopf– entonces, ¿desviación de una cuestión disciplinar? Sí. Por qué no, si finalmente los resultados de los artistas fueron elaborados tras casi un año y medio de reflexión –considerando ya el camino trazado por sus propias obras–, quienes dispusieron del material de la Biblioteca Nacional y aquel que los otros investigadores o asistentes producían o encontraban en los desempolvados archivos de Santiago.

Demian Schopf, "Mundus Subterráneus", 2012, cortesía Constanza Acuña.

Demian Schopf, “Mundus Subterráneus”, 2012, cortesía Constanza Acuña.

Parece ser que el arte contemporáneo transa con la reflexión histórica, y la manoseada crisis de la historia sólo fue una carencia de proyección epocal de algunos que no vieron que si la práctica artística se reescribe, la manera de exponer las investigaciones también. Parece el archivo como una llave entre los estudios del pasado y las dotes creativas, lo cual siempre existió como la cornucopia de los artistas, hoy de manera evidente en las operaciones curaduriales más interesantes.

Tal disolución disciplinar no es más que uno de los vértices del poder expansivo del pensamiento barroco. El anhelante deseo de generar una fuerza priápica, una muestra donde las ansías de configurar una experiencia intelectual a partir de los fantásticos mapas del grabador germano Theodor de Bry, de la posición de la última exhalación fatídica del misionero jesuita Francisco Javier –representado exquisitamente en una talla de peral de los maestros de Calera de Tango–, los mismos libros y otras joyas del arte del siglo XVII perteneciente a colecciones locales, además de una museografía de última tecnología.

Todo se entremezcla con lo presentado por los artistas chilenos. Un menjunje de materiales y técnicas que vemos también en la factura y narración del vídeo El Arca, donde Cociña y León generan una era imaginaria que, en un primer momento, nos remite a los primeros pasajes de la Biblia, el Génesis, pero que sin tanto andar, vemos una narración donde la ciencia ficción parece la única salida categorial. Pero la misión de clasificar El Arca es una tarea fútil. De poco trayecto, parajes naturales o artificiales, hombre o mujer, precariedad o recursos high tech, acá simplemente estamos ante una pieza de mestizaje radical. Una obra donde los artistas muestran su propio génesis, la raíz ontológica de El Tercer Mundo –proyecto general donde los autores enmarcaron esta pieza y que se presenta como primera de su nueva configuración de una religión andina–, aquello que motivados por sus viajes demuestra, una lectura profundamente consciente del “tercer mundo”; quiénes somos y qué producimos es indefinible, por lo tanto generalizable y mestizado, como un quiltro.

Cristóbal León, Joaquín Cociña, "El Arca", 2011. Cortesía Constanza Acuña.

Cristóbal León, Joaquín Cociña, “El Arca”, 2011. Cortesía Constanza Acuña.

Además, el paisaje americano lleno de mameys, guayabas, piñas y cocos es algo a lo que Athanasius Kircher le dedica más de un capítulo en sus libros. Tierra de una exuberante vegetación, con frutos y animales fuera de la comprensión europea, de los cuales trataba de reunir unidades o piezas que los representarán y, de esta manera, abastecer su increíble “proto” museo, donde guardaba cada elemento que representará un ápice del conocimiento del mundo. Y como dice Nicolás Trujillo en en el catálogo de la muestra, “Nadie podía decir que estuvo en Roma sin haber visitado el museo de Kircher; se decía entonces. Este museo era un verdadero microcosmos, un excéntrico gabinete de las maravillas que albergaba todos los artilugios y objetos que interesaron a Kircher y alimentaron el gusto de la época: animales disecados, antiguos manuscritos, obeliscos egipcios, autómatas y diversas máquinas formaban una constelación que alumbraba los enigmas de la naturaleza” (Trujillo. 2012. 12).

Por ello, las ciencias puestas a disposición del análisis del Nuevo Mundo, era una tarea de la cual Athanasius Kircher no quiso quedar fuera. Es así como, sacando toda la carga exótica y paradisíaca que pueda comprenderse de estas líneas, lo terrible e inevitable de las fuerzas de la naturaleza fue uno de los puntos centrales de su obra. La condición telúrica con la que convivían los indígenas y americanos funcionaba como argumento para la conformación por mandato divino del mundo. Algo que recoge la obra Mundus Subterraneus de Demian Schopf, quien basado en los estudios de Kircher respecto al centro de la tierra y la condición tectónica de América, nos retrae a las discusiones sobre la propia conformación de la sociedad actual ante las características geográficas.

La obra de Schopf no sólo aprovecha la condición telúrica de la tierra que, motivada por las vibraciones de los caminantes, decodifica patrones en distintas lenguas, de datos arrojados en otros lugares del mundo que, como Chile, viven con la razón “sisifica” del eterno resarcir. Puesto que las letras para Kircher tenían una raíz común, cómo no, su origen se encontraba explicado en las páginas de la Biblia, en la terrible alegoría de la Torre de Babel donde Dios castiga al hombre con el mal de la incomprensión debido a su codicia de alcanzar el cielo en la tierra. Aquí el artista chileno teje la naturaleza tectónica de nuestra tierra con las palabras alrededor del mundo, con los mismos medios y códigos que los estudios actuales permiten la interconexión del planeta. El barroco como estilo internacional, no podía alejarse de la pretensión globalizadora del modelo político-económico en el que nos vemos inmersos.

Presumiblemente del taller de K. Haymbhausen, "San Francisco Javier", s. XVIII, cortesía Constanza Acuña.

Presumiblemente del taller de K. Haymbhausen, “San Francisco Javier”, s. XVIII, cortesía Constanza Acuña.

Finalmente, la imagen, entre padeciente y erótica, del San Francisco Javier yaciente, tiene la dualidad que sólo la fuerza de inmersión del barroco podía permitir. Todo para conquistar más feligreses. Una táctica de profanar las mismas imágenes que ellos producían para convencer de la fe. Una fe subvertida y desmoralizada, o mejor dicho, invertida y moralizada para conquistar sociedades totalmente nuevas desde el siglo XVII.

Puesto que El Arca es el génesis de una nueva religión, Mundus Subterraneus una máquina funcional a una ciencia antigua, nada presentado desde la senda única e inequívoca. Kircher tiene ante todo, al igual que el Papa Francisco, la habilidad de ser eterno y terriblemente contemporáneo, puesto que como señala el historiador del arte argentino José Emilio Burucúa: “nuestro jesuita reconocía que, en el politeísmo y sus mitologías se encerraban grandes verdades morales y antropológicas que reverberaban como un eco de las verdades absolutas de la Biblia” (Burucúa. 2012. 32). Repensar las artes contemporáneas aparejadas a los archivos constituyentes de nuestra cultura, hace una lectura de eso que podemos cifrar como el pliegue del pliegue, la palabra de la palabra, la parodia de la parodia.

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