Arte y Crítica

Editorial - enero 2013

La crítica picaresca en un mundo post-apocalíptico o lo mejor y lo peor del 2012

por Ignacio Szmulewicz

Comenzamos un nuevo año en un mundo post-apocalíptico, post-humano, post-histórico y, dado nuestra competencia, post-curatorial. La efervescencia y explosión cualitativa del arte chileno de los últimos años se condice con un mundo abducido por una fiebre por cantar hasta que la noche se acabe.

I

El 2012 fue un año marcado por el vértigo de un inminente final. El sino trágico de algunos fue contrapesado por la comedia de quienes dudan de todo. Unos vieron el mundo como un terreno pantanoso, ad portas de caerse o bien acabar; otros sintieron que el cierre del telón más valía recibirlo con humor e ironía.

Comenzamos un nuevo año en un mundo post-apocalíptico, post-humano, post-histórico y, dado nuestra competencia, post-curatorial. La efervescencia y explosión cualitativa del arte chileno de los últimos años se condice con un mundo abducido por una fiebre, por cantar hasta que la noche se acabe. Es momento de calmar las aguas y saber que ninguna fecha que vaticine el cataclismo universal puede perturbar esa altanera y realista manera de vivir que caracteriza al género humano.

Frente a esta idea, Patricio Fernández describe el ambiente post-terremoto en la zona central del país: “lo curioso, sin embargo, era que ahí la vida continuaba. Sus moradores deambulaban por las calles con esa calma propia de las zonas rurales, donde al parecer la gente sabe rendirse ante lo irremediable sin mayores aspavientos”. En el que fuera un excelente diario de vida literario, La calle me distrajo, el director del semanario The Clinic supo captar esas personalidades que “removían con palas los escombros como si barrieran hojas de patio”.

 

II

Así, el mundo continúa y con la enérgica voz de Freddy Mercury decimos The Show must go on. En este punto entra en escena arteycritica.org y su propuesta de una mirada post-curatorial. Dependiente de ese fervor meteórico que pareció envolver al mundo del arte por el año 2012, sin embargo, suficientemente distante como para captar el entramado tras los aspavientos de las muchedumbres que visitan exposiciones, inauguraciones, lanzamientos o cócteles.

El número que lanzamos ahora es parte de una intención de la revista por remover las aguas, levantar el lodo estancado bajo el río, resarcir el silencio que por tanto tiempo ha guardado la escena artística. Acostumbrados al “cuchicheo” local, la comidilla de los comentarios de pasillo, hemos propuesto un número dedicado a observar atentamente el año 2012 sin temor a lanzar dardos hacia aquellas manifestaciones artísticas que han pasado impunes, u otras que “sin pena ni gloria” llegaron a la orilla contraria del caudal y a las que desde una potencia silenciosa se inscribieron en la retina del ojo atento que goza del arte.

Encontré recientemente en un artículo de Kiko Amat en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia un impulso destacable en el premio creado el pasado año por la crítica literaria inglesa como “Hatchet Job of the Year” (“Hachazo del año”). Descrito como “una cruzada contra el aburrimiento, la deferencia excesiva y la vagancia intelectual. Se premia a los críticos que tienen suficiente coraje para contradecir el aplauso general, y que además lo hacen con estilo”, el premio se otorgó a las plumas más desplumadas de la crítica literaria que, sin temor alguno, se hubiese lanzado hacia un texto del año.

 

III

Los artículos que se reúnen en este número, titulado “Casi famosos: lo mejor y lo peor”, pueden ser leído bajo ese particular espíritu tan arraigado en el humor inglés. Se arrojan con fervor, furia y furor hacia el terreno de las artes visuales locales. Con la mayor de las picardías –y picarescas– los textos que se despliegan a continuación son parte de un impulso dado por la revista a que los acontecimientos del pasado año, en términos artísticos, no pasaran impunemente sin la mirada de distintos interlocutores atentos y deseosos de transcribir sus opiniones, juicios y salvedades sobre lo percibido.

Los artículos que dan cuerpo a este número se inmiscuyen con las diferentes manifestaciones artísticas que poblaron el terruño local durante el año expositivo del 2012 (desde marzo a enero del año siguiente). Sin temor a polemizar, Carol Illanes revisa y analiza la categoría de “importados” centrándose en la presencia abrumadora y problemática de la colección de Peggy Guggenheim en el Centro Cultural Palacio La Moneda bajo el título de “Grandes Modernos”. Y esa escritura sin pelos en la lengua puede ser ejemplificada de la siguiente manera: “En cierto sentido “Grandes Modernos” es también una oda al mecenazgo, en los tiempos en que cualquier tipo de mecenazgo es abiertamente rechazado”.

Con un poco más de picaresca que de picardía, Juan José Santos da cuenta de una asertiva lista de los top five, haciéndose eco de la clásica película High Fidelity protagonizada por John Cusack y un inolvidable Jack Black. La pluma de Juan José Santos logra reunir los comentarios geeks y snobs del trío de la tienda Championship Vinyl con las maliciosas enseñanzas de Larry David en Whatever Works.

La crítica de Lucy Quezada se centra en las paradojas de las intervenciones urbanas que, usualmente, pasan desapercibidas de un juicio crítico aún cuando propongan un impacto público mayor. En este sentido, el texto de Lucy Quezada propone analizar los signos y operaciones de dichas intervenciones (el Festival “Hecho en casa” y las flores de Casasempere tituladas Out of Sync). Destaca, como en el caso de Illanes y Santos, la aguda escritura que reúne una fuerza sonora y una potencia confrontacional. Un botón de muestra en relación al decorado de Casasempere: “Cándidas e inocentes, ingenuas y desmemoriadas. Así son estas esculturales flores residuales, totalmente fuera del tiempo y del espacio”.

Andrea Lathrop y Matías Allende comparten una cierta mirada hacia la curatoría, con un alto grado de análisis y comprensión hacia lo que significa el ejercicio curatorial. Desde dos veredas cercanas, las muestras colectivas en Lathrop y las retrospectivas en Allende, los textos dialogan generando un interesante cruce conceptual. A su vez, los dos textos otorgan un lugar especial al lugar del espectador, sus expectivas, deseos y necesidades al momento de enfrentarse al fenómeno del arte.

Finalmente, Daniel Reyes León se aventura en el terreno más peligroso y, en esto, se suma a la larga tradición de crítica confrontacional en la esfera pública como fuera desarrollada en el siglo XVIII por Addison o en el siglo XIX por Baudelaire. En este, se oye el eco de las diatribas de Justo Pastor Mellado y su famoso “campo de batalla”. Reyes León entrega sus más afiladas palabras sin temor a la acidez de los cítricos (como lo ilustra la imagen que da sentido a este número): “las obras comenzaron a tener cola de cerdo y, como en toda endogamia familiar, se acercaron al retardo mental que caracterizó a las monarquías europeas del medioevo”.

 

IV

arteycrítica.org ha buscado estar en un lugar intermedio entre los medios de difusión masiva y el mundo académico, cada uno marcado por intereses y códigos distintos. El desafío de nuestra revista ha consistido siempre en colocar cuidadosamente los cimientos de un puente que permita ser transitado por el público general y por la opinión especializada, las voces autorizadas y la percepción ampliada. En este sentido, aboga –y habla– tanto por las mayorías silenciosas como por los habitantes del Olimpo.

Por ende, el número se apronta a formar una práctica de la recepción, una interlocución que demuestra la necesidad de un otro situado en un lugar cercano tanto para los gritos como para los susurros. Como fue enunciado con ironía hace un tiempo por la escritora norteamericana Nicole Krauss: “porque si escribes y no mucha gente te lee, quizá deberías hacer otra cosa que fuese más útil para el mundo”.

 

V

A diferencia de lo que unos puedan creer y esperar, la tinta no se malgasta en el desprecio, la ira o la rabia –aún cuando a veces surgen de ello los mejores resultados– sino que esos ríos de tinta son parte del deseo de “algo más”, un campo más nutrido, de mayor calidad en todos los aspectos, en todos lo matices y en todas las propuestas. Desde aquel que provee los materiales, pasando por el que prepara una sala o bien el que diseña un catálogo, todos los que forman parte de la cadena productiva del arte han de colocar en la vara más alta la pulsión por la calidad.

Así, la crítica de arte no implica sólo la costumbre de la escritura de un malestar con ciertos aspectos del arte o la visualidad, sino que se piensa esperanzadora de habitar en el extático mundo del goce y el placer, promete el encuentro con una experiencia artística dionisiaca.

 

 

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