Arte y Crítica

Editorial - agosto 2013

Adictos a la realidad en la escena local

por Daniel Reyes León

El archivo, la crítica y la observación, se encuentran dibujando una extraña red naturalista de cómo hacer un arte operativo, pero por otro lado, los recursos humanos en materia de gestión en las artes visuales, desarrollan líneas obligadamente mediáticas y concentradas en la difusión de manera casi desesperada, obteniendo como resultado un palimpsesto donde las emergencias de la realidad nos abofetean y desbordan, exigiendo que nos comportemos desde un oficio.

Las nociones de realidad dictadas por la imagen tienden a ser rápidamente absorbidas por los artistas visuales. Lo que alguna vez se planteó como frontera para elucubrar paranoias y críticas, hoy parece estar a disposición de los más elementales ejercicios plásticos que un artista, novel o experto, puede realizar. La disposición de la realidad, y las formas inherentes a su construcción medial y social, dan pié al actual número de Arte y Crítica, posicionando una pregunta que es intermitente y que se plantea como un tropo del lenguaje –ya sea visual o escrito–: ¿cómo la realidad se construye en las artes visuales?

Si la radicalización de la ficción es capaz de generar una alegoría de la realidad más cruda, es porque la realidad misma está constituida por una dependencia ciega en sus referencias, porque el empirismo del arte, ya sea transformado en vanguardia o en sátira, ha caído en un desuso paroxista y frustrante. El hiperrealismo hoy se vive no desde sus aspectos icónicos, sino evidenciando las fisuras de un sistema que se ha encargado de usar como combustible, su propio desvelo.

El archivo, la crítica y la observación, se encuentran dibujando una extraña red naturalista de cómo hacer un arte operativo, pero por otro lado, los recursos humanos en materia de gestión en las artes visuales, desarrollan líneas obligadamente mediáticas y concentradas en la difusión de manera casi desesperada, obteniendo como resultado un palimpsesto donde las emergencias de la realidad nos abofetean y desbordan, exigiendo que nos comportemos desde un oficio.

A más de alguna persona de las artes visuales le he tenido que decir alguna vez que “todos tiramos para el mismo lado”. Sin embargo, y pensando en esta realidad adictiva en la medida de su utilitarismo, no se si todos lo hacemos. Más bien, no todos lo hacen.

En su libro “En el Principio” (Metales Pesados, 2013), nuestro columnista Sebastián Vidal nos aclara un concepto que subyace en el actual número, y lo extrae de la referencia que hace Platón al diálogo de Sócrates con Fedro, donde se refiere al estado actual de la escritura como un farmacon, “un acto que cumple con una doble condición: por un lado, la de alivianar la posibilidad del olvido y, por otro, el riesgo de que su abuso provoque dependencia o adicción”.

El arte como un acto que evita el olvido y como un acto que, abusado, produce adicción; el arte como un fármaco, distribuido por farmacias que potencialmente pudiesen coludirse para obtener mejores resultados económicos, un arte de posibilidades genéricas o de marca, con recetas y prospectos o, como dice Damien Hirst, un arte que sana o que invita a su posesión por cualquier medio (como recientemente lo hemos comprobado en la muestra “Un relato personal” de la colección Juan Yarur en el MAC-Parque Forestal).

“El imaginario visual de la revolución ya no se articula a manos de composiciones grandilocuentes como la de Delacroix en La libertad guiando al pueblo (1830), sino de una multiplicidad de registros personales posibilitados por la tecnología digital.” dice Catalina Urtubia en su texto “Arte y movilización: una apología a la imagen de la justicia calcinada”. Es justamente desde este lugar que podemos comprender la fragmentación mediática y la misión –ya no solo de arte– de reconstituir estos fragmentos, la cual va implícita en la medida que se participa de ella. Algo que Ignacio Szmulewicz revisa en su texto “Horizontales, verticales y diagonales. Tres estrategias políticas del arte chileno actual” de cara al trabajo de Francisca Montes, Paula Urizar y Humberto Vélez, rememorando aquel inciso televisivo en el que el poeta Rodrigo Lira despliega el abismo –aun actual– entre espectáculo y realidad, con su participación en el programa “Cuanto vale el show”  del antiguo canal once.

Síntomas de lo popular y lo masivo que, de tantas veces agitados por las artes visuales, se reducen a una arqueología de la imagen y, tal como lo menciona Lucy Quezada en “’¡La realidad es terrible!’: la microscópica ensayística de la fotografía chilena”, reconstituyen realidades dispersas –o voluntariamente divididas– por una sociedad que no acostumbra verse reflejada en la producción artística local, sufriendo una dislexia endémica para con sus artistas. Algo que se proyecta hacia la arquitectura y esa difusa frontera que tiene con las artes visuales, más aun si se propone en una perspectiva histórica o revisionista, como lo aborda Matías Allende en su crítica “Juan Martínez. Impulsos conocidos y desconocidos”.

Otro aspecto que hemos querido abordar es el de la construcción de una realidad local, pero vista desde una distancia temporal y geográfica. Para esto hemos contactado con Elías Adasme, quién amablemente nos concedió una entrevista, la cual nos permite ver, desde otro punto de vista, aquello que hemos heredado de manera tácita en torno a la inscripción –tan adictiva como compulsiva– a una realidad del arte local. En torno a este mismo tema y teniendo fresca en la memoria su curatoría “Realismo Compulsivo”, realizada en las salas de arte de la CCU, Claudio Guerrero profundiza en torno a la obra de Soledad Pinto y Javier Rodríguez y su proyecto Invisibles que ha dado cuenta de la obra que ambos artistas han conectado de cara a su quehacer en conjunto.

Para finalizar, un aspecto inherente de nuestra realidad local se configura a partir del trabajo de Andrés Durán, artista que hemos invitado a construir la portada de este número y que, tomando posición desde un mirador, nos invita a leer la ciudad desde la parte trasera de su publicidad. Imitando el recorrido de los antiguos pintores de paisaje que rondaban las urbes en busca de imaginarios pintables, la serie “Miradores” de Andrés Durán (que se encuentra exponiendo en la muestra “Llegar después”, curada por Nathalie Goffard, en la Galería Die Ecke), nos ayuda a ubicarnos y a la vez ser ubicuos, imaginando que es aun la posición de la crítica y su escritura, la que nos permite reconstruir esos fragmentos de realidad esparcidos en un arte que, como el Chacal de Nahueltoro, aun no es consciente de lo que ha hecho, ni menos aun es consciente de lo que se le avecina.

Andrés Durán, de la serie "Mirador", muestra "Informe País", GAM, 2011. Cortesía del artista.

Andrés Durán, de la serie “Mirador”, muestra “Informe País”, GAM, 2011. Cortesía del artista.

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