Arte y Crítica

Crónicas - julio 2014

Valparaíso, amor y desamor: Apuntes en carretera sobre arte y política

por Katherinne Lincopil

En esos viajes la obsesión por las ciudades analogías se desplazó de la capital, involuntariamente, como quien no puede evitar enamorarse de dos personas a la vez; como quien vive en dos cuerpos porque cambiar el foco del amor nos cambia también. No soy la misma que soy en Santiago cuando estoy en Valparaíso, porque quizás uno mismo se vuelve analogía de las ciudades que habita.

En la fase heroica de la conquista de la autonomía, la ruptura ética es siempre, como queda patente con Baudelaire, una dimensión fundamental de todas las rupturas estéticas.

Pierre Bourdieu, Las reglas del arte

I

Miro el camino por la ventana del bus. Voy a Valparaíso y hay sol. Un pequeño televisor repite una película casi sin sonido, de pura costumbre. Intento leer pero me distraigo y pienso en otras cosas. Llevo un tiempo obsesionada con la idea de que las ciudades se vuelven analogías. Es como si estas fuera mutando, pudiendo ser la carne de todas las generaciones que la habitan, de sus historias y sus deseos. La materialización de todo lo intangible. Estoy un poco obsesionada con Santiago y su herrumbre, con sus rincones y su hedor que a veces hace que la ciudad parezca una gran herida desatendida. Otras veces veo el reflejo anaranjado de los focos nocturnos brillando sobre los adoquines y me imagino que esos surcos son los recorridos de mi generación, los trazos repetidos de mi generación. Cosas de ese tipo.

II

Una vez a la semana voy a Valparaíso. Creo que este año he viajado unas diez veces. Son aproximadamente una hora y cuarenta minutos de ida, en la mañana, y una hora y cuarenta minutos ya pasada la tarde. Una hora cuarenta no es tanto tiempo ni tan poco. Es más o menos lo que dura una película en promedio y por eso quizás se vuelve tan fácil quedarse mirando a través de la ventana sostenidamente, ver cómo se aleja la capital y ver cómo la carretera se vuelve valle. Miro la forma en que la carretera se hace un espacio, lisa e infinitamente, entre los relieves geográficos. Veo casitas desperdigadas a lo lejos, en lo alto. Veo cómo el poder intenta, siempre faliblemente, controlar a la vida. O quizás es mi imaginación.

Frontis de Patio Volantín

Frontis de Patio Volantín

III

En esos viajes la obsesión por las ciudades analogías se desplazó de la capital, involuntariamente, como quien no puede evitar enamorarse de dos personas a la vez; como quien vive en dos cuerpos porque cambiar el foco del amor nos cambia también. No soy la misma que soy en Santiago cuando estoy en Valparaíso, porque quizás uno mismo se vuelve analogía de las ciudades que habita. La relación de los cuerpos con el espacio es siempre mutua: lo definimos y somos definidos por este. El juego especular del amor.

IV

Las razones por las que voy a Valparaíso son, de cierta manera violenta, laborales. Voy a Valparaíso porque debo visitar espacios de arte de corte colaborativo y/o comunitario. A veces imagino que en realidad he hecho un solo viaje, y que ese viaje representa claramente todo lo que se fue formando en mi cabeza respecto a la relación entre arte y política en Valparaíso. Lo más significativo de esas visitas, extrañamente, suele ser tener que llegar a los lugares donde están emplazados. Valparaíso es estructuralmente un desborde, parecido a una red de canaletas o surcos (como los adoquines que mencioné) o grietas. Los cerros no son recreativos, como en Santiago, y aunque quiera o no, tengo que subir y bajar escaleras, caminar contra la gravedad, perderme por escalones que no llegan a ninguna parte, subir ascensores. Tengo que hacerlo, no hay forma de eludir a Valparaíso. La ciudad se impone, lo hace todo difícil, se manifiesta. Valparaíso a veces me parece incontrolable. Porque la vida es incontrolable, aunque el poder quiera creer lo contrario.

Luminaria Pía Michelle

Luminaria Pía Michelle

V

Los espacios o colectivos de arte comunitario o colaborativo en Valparaíso son como formas orgánicas; como las casas que se desperdigan en las laderas. Son la dimensión incontrolable. Estos colectivos o espacios se forman siempre desde la falta de un lugar en el marco institucional. Parecidos a las casas fuera del plan; a las casas que chorrean por las laderas. El arte colaborativo en Valparaíso no es obsesivo, sino más bien reactivo. Espacio G, por ejemplo, se financia por medio de La Lechuga: un centro de alimentación colectiva vegetariano que vende almuerzos a dos mil pesos. En Espacio G se habla de arte, pero también de lo doméstico, de las formas de vida y de la comida. En Patio Volantín hacen y venden pan amasado para sustentar sus actividades. Pía Michelle tenía hasta hace más de un año su centro de operaciones emplazado en el edificio caracol Galería comercial Tres Palacios, al lado de peluquerías y tiendas, parecido a donde está instalado Micro Nekoe en Santiago, iniciativa también porteña que allá funciona en la casa de uno de sus integrantes, Carlos Silva. En Valparaíso si no hay espacio donde el poder manda, se busca en otras zonas. Las casas se apilan unas sobre otras, la habitabilidad es la persecución por el espacio potencial. El arte comunitario o colaborativo o doméstico en Valparaíso siempre se desborda, necesariamente, difumina sus bordes, se cuela entre las grietas de la ciudad. Aunque haya que salir del arte, porque el arte de pronto se volvió la trinchera más absurda de todas.

Afiche estreno "El otro Chile" en el marco del Taller de teatro para desmontar la realidad, 2013, cortesía Patio Volantín.

Afiche estreno “El otro Chile” en el marco del Taller de teatro para desmontar la realidad, 2013, cortesía Patio Volantín.

 

VI

La vida y el poder: el arte se vuelve forma de poder que reprime a la vida cuando se delimita su campo. En Valparaíso el arte elude al poder, no intenta dialogar con él porque este último es siempre direccional. El arte en Valparaíso es más oblicuo, más orgánico. El poder siempre intenta controlar las formas de vida, pienso mientras atravieso la carretera. El orden intenta generar figuras armónicas, pero lo orgánico siempre se hace espacio, porque lo orgánico crece en cualquier grieta, en cualquier surco. Recuerdo constantemente cuando, caminando frente a la Catedral en la Plaza de Armas de Santiago, un amigo me preguntó: “¿Quién riega las plantas de la Catedral?” “¿Cuáles plantas?”, pregunté. “Esas, las que están arriba”, respondió. Mi amigo se refería a las plantas que crecen en ciertas antiguas arquitecturas, plantas que se hacen espacio donde parecía no haberlo, gracias al polvo, la lluvia, las grietas y las semillitas que flotan por Santiago. Las plantas no las regaba nadie, son pura interferencia. De esa misma manera, pensábamos que el arte político tenía que ver con la puesta en crisis de las formas de hacer, de la institución que se vuelve marco de la vida, del arte deshaciendo su propio campo por medio de la interferencia de la vida y de la vida siendo interferida por el arte. Pero de pronto lo político fue fagocitado estéticamente, la propia reiteración de las imágenes estetizadas delimitaron un nuevo campo. El campo del arte político: una nueva Catedral.

Víctor Flores "Guzmán is Not Dead" Compromiso con Fractura en Galería Conejo, cortesía de Valentina Henríquez.

Víctor Flores “Guzmán is Not Dead” Compromiso con Fractura en Galería Conejo, cortesía de Valentina Henríquez.

VII

Bajo del bus a las siete de la tarde. Tengo el cansancio de las secretarías, de los conductores de micro, de los estudiantes que pasan largas horas sentados. Para estirar las piernas, me dirijo a la Galería Conejo a ver la exposición curada por Cristián Inostroza, artista enmarcado en el campo de lo político. Camila Ramírez y Francisco “Papas Fritas” son parte de la selección. En la pequeña sala ubicada dentro de la galería resplandece la estética política. No puedo evitar pensar que este tipo de arte se ha higienizado, se ha estructurado. Las discusiones sobre el arte político, al menos en Santiago, parecen rebotar entre el cinismo y la épica. Cuando me junté con los chicos de Tsonami Arte Sonoro en Valparaíso, casi al final de la conversación, me preguntaron por el estado de la investigación: “¿Por qué [me preguntaron] se ha generado este fenómeno de los colectivos de arte en Valparaíso?” “No lo sé aún”, respondí. “¿Pero te has fijado que la mayoría de los que conforman estos grupos no son de Valparaíso?” “No sabía”, respondí. Y no sabía, no tenía idea que quienes escaparon de la economía metropolitana, quienes transmutaron su ciudadanía y se pusieron a bordar, a amasar, a hacer ruido, a experimentar, a construir, eran autoexiliados.

Meliza Rojas, "Mar del Sur", cortesía de Valentína Henríquez.

Meliza Rojas, “Mar del Sur”, cortesía de Valentína Henríquez.

VIII

Al poco rato abandono la galería. A lo lejos se escucha “Ella ya me olvidó” de Leonardo Favio, la canción que acompaña el video de Meliza Rojas en Galería Conejo y que se proyectaba en el edifico de enfrente: “Ella, ella ya me olvidó. Yo, yo la recuerdo ahora. Era como la primavera, su anochecido pelo, su voz dormida al beso”. Hace frío y toda la escena es medio melancólica. Alrededor de la puerta de la galería ríen y fuman los jóvenes santiaguinos y sus manos a ratos me parecen pequeñas luciérnagas en un horizonte oscurísimo. En el interior de la galería se sirve navegado y masitas. Todas las obras en el interior proyectan una luz blanca, clarita, que a ratos nos hace ver pálidos y serios, a nosotros, los espectadores. Y vuelve esa idea del amor, la idea de que cuando amamos somos otros en razón de a quien amamos. Y estando en Santiago aún me siento en la carretera, viendo la ciudad transmutarse en valle, “de aquellas caminatas junto a la costanera”.

Categoría: Crónicas

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