Arte y Crítica

Crónicas - mayo 2013

Estado, pasado, papeles y voluntades. Sobre el libro “La construcción de lo contemporáneo” de Estudios de Arte

por Lucy Quezada

Hubo un tiempo en que la historia del arte chileno sí pudo leerse desde la historia de la academia. Hoy nos queda la añoranza de un tiempo en que el Estado trazó las líneas de la enseñanza artística y de la institucionalidad cultural como proyecto de nación.

Los debates por la educación pública en el país parecen haber llegado a un punto particular. Pensemos en acontecimientos como la como destitución del Ministro de Educación Harald Beyer, o las declaraciones de algunos presidenciables –desde Golborne: “si alguien de buena situación económica puede pagar la universidad, por qué tendría que ser gratis”, hasta Bachelet: “No es justo que el Estado pague la universidad de mi hija si puedo pagarla”– que nos confirman lo que siempre creímos saber pero nunca pensamos como una realidad, cegados por la esperanza ilusa de creer en aquellos que dicen ser socialistas o de una izquierda renovada. El aumento surrealista de las matrículas en universidades privadas, la creación de nuevas carreras, la subida en los aranceles y el endeudamiento son algunos síntomas del diagnóstico: un mercado educacional con una oferta exorbitante pero inconsistente, una absurda y alta demanda, y unos defensores y protectores que velan porque este escenario no cambie sino que se refuerce. Refuerzo también que toca a la enseñanza artística universitaria, que tiene a su haber la cantidad inverosímil de más de quince escuelas de arte activas en todo el país.

Bajo este panorama, aquella tesis que versa sobre la posibilidad de una historia del arte chileno como una historia de la academia, puede verse consolidada a la vez que desbaratada, si se piensa que el foco se pierde en un número de escuelas que producen año a año una cantidad de artistas titulados digna de un cuento fantástico. A pesar de ello, lo cierto es que hubo un tiempo en que la historia del arte chileno sí pudo leerse desde la historia de la academia. Era el mismo tiempo en que el Estado era aún el responsable directo de la enseñanza universitaria a nivel país, teniendo un proyecto que comprometía a la institucionalidad estatal con la enseñanza artística superior, en relación a los vaivenes políticos, sociales y económicos que la nación completa iba sufriendo.

Boletín Informativo de la Universidad de Chile, N° IX (Julio-Agosto de 1946), cortesía Salón de Estudiantes 2013.

Boletín Informativo de la Universidad de Chile, N° IX (Julio-Agosto de 1946), cortesía Salón de Estudiantes 2013.

“La construcción de lo contemporáneo. La institución moderna de arte en Chile” (2012) es la materialización de una investigación que tiene como eje central este asunto, ligándolo al concepto de modernidad, el cual tiene entre sus características la de otorgarle al arte una importancia crucial en los proyectos institucionales, desde el siglo XVIII en adelante. Constituyéndose como la segunda parte de una investigación de largo aliento, que tuvo como primera entrega la publicación de “Del taller a las aulas. La institución moderna del arte en Chile” (2009), este segundo libro retoma la celebración del Centenario de la Independencia en 1910 y la inauguración del Museo Nacional de Bellas Artes (acontecimientos que le dan fin al primer libro) para llegar hasta la fundación del Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile (1947). Dentro de este arco temporal, la enseñanza artística superior se despegará de la rigidez impuesta por los preceptos de la Academia, sufriendo cambios que incluyen el debate por el papel de las artes aplicadas en la enseñanza artística, las transferencias desde Europa al escenario chileno (a través de los artistas pensionados por la dictadura ibañista), el aparato de extensión cultural y artística desplegado por la Universidad de Chile, entre otras cuestiones.

El espesor de estos acontecimientos se encuentra demostrado a través de un particular enfoque puesto en la historia institucional del arte: la oblicuidad es el concepto utilizado por los autores para aproximarse a una historia del arte que deja atrás el eterno binomio del relato artista-obra, para concentrarse en el sustrato construido por decretos y disposiciones que desde el aparato estatal dan cuenta de las voluntades de un proyecto moderno, en donde el arte sería crucial para alcanzar la modernización de la nación.

Este es un paso de las obras a los documentos, de la voluntad artística y creativa a las voluntades político-institucionales, de las imágenes a las palabras, de los óleos sobre tela al papel roneo mecanografiado. Ambos enfoques nos proveen de aparatos analíticos específicos, por ello es que este libro está lejos de ocupar lugar en el velador del dormitorio, junto a los libros de los que no podemos despegarnos, y muy cerca de estar sobre un escritorio de trabajo o en el estante de los libros ya revisados. Y digo acá revisar porque las palabras de un decreto son datos que se cotejan. Se pueden construir valiosas hipótesis sobre ellos, dibujar posibles contextos y hacer caer mitos, pero estos documentos cargan siempre con la caducidad de su interpretación limitada al espectro de sus referencias institucionales.

Boletín Informativo de la Universidad de Chile, N° IX (Julio-Agosto de 1946), cortesía Salón de Estudiantes 2013.

Boletín Informativo de la Universidad de Chile, N° IX (Julio-Agosto de 1946), cortesía Salón de Estudiantes 2013.

Los límites interpretativos del relato artista-obra corren claramente por otras vías. Ambos enfoques se complementan, y la publicación de una investigación rigurosa y densa en datos siempre habrá de servirnos –como lectores más que como investigadores– para replantearnos la escritura tradicional de la historia del arte chileno, que se ha instituido más como la repetición de una literatura que desde un abordaje crítico. Los libros de velador serán los más atrapantes, pero todos sabemos que no siempre son los mejores.

Con todo, la mirada del colectivo Estudios de Arte está dirigida a un pasado de voluntades e intenciones materializadas en papeles, a un escenario en que la institucionalidad política mantenía aún un compromiso con la marcha de la enseñanza de arte en el país.

Hoy, cuando se reducen las horas curriculares de Artes Visuales en la enseñanza básica y media, cuando el Estado no tiene una política de financiamiento museal acorde a las necesidades del contexto chileno, o cuando el Estado invierte en una fantasía floral como decoración para los jardines de La Moneda (ver artículo relacionado), nos damos cuenta que este compromiso ya no existe. Nos queda entonces la añoranza de un tiempo en que el Estado trazó las líneas de la enseñanza artística y, por qué no decirlo, de la institucionalidad cultural como proyecto de nación. “La construcción de lo contemporáneo” es un material en el que podemos fundar esa añoranza. Se nos muestra un contexto a través de datos que no podemos rebatir; la palabra sobre el papel es demasiado “real”, y ahí es cuando el mito de los tiempos mejores que no volverán deja de serlo, convirtiéndose en una historia que realmente ocurrió.

En una escena artística como la actual, es claro que el Estado no domina la institución moderna del arte: hay un empobrecimiento de la institucionalidad artística estatal a la vez que la modernidad selló su fracaso definitivo como proyecto. Seamos post, ultra o tardomodernos, el Estado ya está desligado, y existen nuevas instituciones que dominan el panorama: curadores, coleccionistas, museos privados, galerías, teóricos, historiadores. ¿Qué tipo de voluntades tienen estas nuevas instituciones? ¿Puede ser la historia del arte chileno la historia de las más de diez escuelas de arte abiertas en el país? ¿Terminará siendo la historia del arte chileno una historia del fracaso del mercado universitario?

Categoría: Crónicas

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