Arte y Crítica

Crónicas - diciembre 2012

De la utopía al desprejuicio. Sobre el proyecto “Trabajo en Utopía: óxidos de la UNCTAD III”

por Lucy Quezada

Una mirada hacia esta iniciativa que fusiona arte y arquitectura desde la práctica curatorial e investigativa, cuya muestra inauguró recientemente en Galería Macchina en el Campus Oriente de la Pontificia la Universidad Católica.

Hablar de utopía es hablar desde lo irrealizable; una alternativa que queda trunca o un proyecto inconcluso, todo queda atravesado por la violencia del término repentino. ¿Pero es realmente la utopía el espacio único de lo inalcanzable? Quizás sí, si se piensa que la utopía es una construcción desde el presente hacia el pasado, uno que no se vivió y del que se sabe por los libros de historia, algún dudoso reportaje de la tele o las palabras del más viejo de la casa. Quizás no, si ese pasado del que tenemos noticias dudosas se sacude de ellas al materializarse en un edificio que carga con su propio pasado, con las presencias y las omisiones que lo re-constituyen hoy y que, ante todo, están ahí para decirnos que antes de transformarse en utopía, hubo un tiempo del “realmente existió”.

La exposición “Trabajo en utopía: óxidos de la UNCTAD III” se plantea a sí misma como el resultado de una investigación interdisciplinar e interuniversitaria (artistas, curadores e investigadores de la U. Católica y U. de Chile) que se hace cargo de esta “carga”: el proyecto de la Unidad Popular devenido en utopía a través del edificio de la UNCTAD III, y que pasaría a ser su vestigio arquitectónico por excelencia. Detrás de las obras exhibidas en Galería Macchina, se cruzan cuestiones particulares dentro del contexto local del arte contemporáneo; el pie arriesgado −más que forzado− del ejercicio curatorial, la convivencia de disciplinas que expanden los límites de la curatoría hacia los de la investigación, y la apropiación de un espacio institucional-universitario, son algunos de los asuntos que traman la puesta en obra de los trabajos de Tomás Fernández, Macarena González, Matthew Neary y Camila Astaburuaga.

Matthew Neary, "Ejercicios de utopía" 2012, cortesía del artista

Matthew Neary, “Ejercicios de utopía”, 2012, cortesía del artista.

Cuando se piensa en el concepto de interdisciplinariedad en las artes visuales, usualmente se asocia a un cruce de prácticas que, al ponerse en obra, impiden situar definidamente hasta qué punto se trata de una pintura, una escultura, un grabado, etc. Sin embargo, este cruce de disciplinas puede darse en un estrato anterior al de las obras, teniendo otro tipo de implicancias. La curatoría de “Trabajo en utopía” tiene como antecedente un trabajo investigativo que desde la arquitectura y la historia del arte trabaja con los vestigios de la UNCTAD III para restituirlos como hitos, tal vez para que el GAM (Centro Cultural Gabriela Mistral) de hoy deje de tener como pasado único al Diego Portales de la dictadura pinochetista.

De este modo, la muestra se configura desde distintos horizontes investigativos: el de la historia del arte, el de la arquitectura y el de la práctica artística que produce estos “óxidos”. El ejercicio de pensar una obra y convertirla en tal es también una experiencia investigativa. Y es que quizás no podría ser de otro modo si obreros-artistas y artistas-obreros dieron vida al edificio ubicado a la altura del #227 en la Alameda. En una cita a la utopía, lo que hay detrás de estas obras es también un espacio que puede ser pensado desde lo imposible; desde el prejuicio de la militancia estricta de una práctica que no permite contaminarse felizmente con otras.

Camila Astaburuaga, "Zonas retenidas", 2012, cortesía de la artista

Camila Astaburuaga, “Zonas retenidas”, 2012, cortesía de la artista.

Se pasa entonces del prejuicio al desprejuicio en unos pocos pasos. Y en ese camino se entromete el asunto de la curatoría que, más allá de ser encasillada como el simple ejercicio de elegir a dedo las obras y proveerlas de cierto discurso que las aglutine, parece ir en “Trabajo en utopía” en un sentido contrario; en el de una alternativa que al ser llevada a la práctica se desembaraza del prejuicio de lo imposible. La particularidad está en los curadores invitando a artistas a realizar una obra especialmente para la muestra, dándoles el “pie arriesgado” de lo contenido en la investigación. Así, el discurso curatorial no nace a partir de las obras sino que con ellas, al plantearse ambos en un primer momento ante la investigación histórica como en una suerte de “primer paso”. La curatoría se convierte entonces en un ejercicio de riesgo; táctico y desprejuiciado.

Mismo desprejuicio que permite a los curadores (formados en la U. de Chile) invitar a arquitectos, un estudiante de historia del arte y artistas a trabajar y exponer en un espacio universitario institucional. En una escena santiaguina en donde los lugares de exposición parecen bullir entre tantas desapariciones como nacimientos de nuevos espacios, “Trabajo en utopía” parece ir en contracorriente a esta escena, dislocándola también pero desde dentro. Reconfigurándola antes que rompiendo con ella. Dejando atrás los chauvinismos universitarios retrógrados, la muestra acciona un sano flujo en cierta escena universitaria del arte contemporáneo en la ciudad de Santiago, dando a ver que los espacios están ahí para arriesgarse, tensarlos en sus propios límites institucionales y ser ocupados.

Macarena González, "El ruido", 2012, cortesía de la artista

Macarena González, “El ruido”, 2012, cortesía de la artista.

Los metales son puestos a la intemperie y el oxígeno deja su rastro en el óxido resultante. Pero este óxido parece rendir como el oxígeno que salva a quien no sabe nadar. Cuando se piensa que esta muestra se hace lugar desde la contradicción, desde el residuo que no es desperdicio sino una ventilación, entonces “Trabajo en utopía: óxidos de la UNCTAD III” es también el rastro de una utopía que “realmente existió”: aquella que oxigena, refresca y remueve los prejuicios que impiden armar escenas dentro del panorama expositivo actual.

Categoría: Crónicas

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