Arte y Crítica

Críticas de Arte - Diciembre 2015

El último texto: memorias de una temporada en arteycritica.org o de por qué el arte es algo que me fascina

por Ignacio Szmulewicz

Si pudiese donarle algo a esa nebulosa que comienza a formarse sería lo siguiente: mientras el motor que lo guíe sea la pasión desmedida e incontenible por alguna forma de arte todo estará bien. Todo podrá ser y nada a la vez.

I

Escribir fue algo que siempre pude hacer. Incluso antes de volverme un lector “con mayúscula”, las misivas o diarios de vida eran lugares que respetaba y veneraba. Lo más probable es que esta sensación provenga de algunas experiencias de infancia con mi abuelo paterno: sentarme frente a su máquina de escribir Underwood con la vista de Santiago hacia el poniente desde un octavo piso de la Villa Frei era alucinante; saber que las letras que eran percutidas con fuerza se transformaban en tipos de plomo para armar una página invertida en la antigua imprenta de calle San Francisco, era magia hecha realidad; tocar las hojas apiladas, sin empastar y recién guillotinadas era sentir un pavor descomunal como el engendrado por la visión de los animales colgados en un matadero.

Pese a que las palabras sobren en una sociedad post-whatsapp, al interior del mundo del arte la escritura se está volviendo una técnica del Ancien Régime. Cuando solo hace algunas décadas la publicación de un catálogo era un evento necesario, hoy en día las energías se invierten con alegría y entusiasmo en Tumblr, Instagram y Youtube. La necesidad de la escritura ha desaparecido por completo y los likes están ganando la batalla. En esencia solitaria, la escritura se encuentra en la retaguardia de la vida, a contrapelo de las ágiles y volátiles vidas de artistas, curadores y gestores más pendientes de las actualizaciones de los Iphone y de los estados de facebook –de esto no se salva nadie, menos quien escribe.

Anclado en el pasado, nostálgico y melancólico, sigo comenzado cada uno de mis textos tratando de vencer el temblor del lápiz al enfrentamiento de una hoja en blanco –en su tesis de pregrado el denostado Samy Benmayor hablaba de una experiencia similar con la tela virgen.

Creo que al crítico de arte –o el escritor– le debe emanar un deseo primordial e insostenible para superar esa blancura tan existencial. Las palabras penetran y se acumulan en la página como historias de amor en la vida de una persona: algunas serán olvidadas; otras tachadas y solo unas pocas llegarán a instalarse con tal fuerza en la memoria que deberán ser contadas una y otra vez.

Océan, 33º01’47’’ S / 52º04’00’’ N, Enrique Ramírez, 2013, cortesía del artista.

Océan, 33º01’47’’ S / 52º04’00’’ N, Enrique Ramírez, 2013, cortesía del artista.

II

Hay obras de arte que más allá de los compromisos de trabajo, de las alianzas estratégicas, de las amistades y complicidades, nos colocan la piel de gallina. Se encargan de mostrarnos lados de la vida que no esperábamos ver; abren puertas hacia rincones que luchamos toda una vida por dejar en la penumbra. En síntesis, el arte provoca en el espectador dos movimientos complementarios: existen lugares desconocidos hacia los que nos lleva muchas veces sin nuestro consentimiento; y, hay historias que nos quiere narrar que muchas veces no han sido contadas o bien que pertenecen al horizonte de lo desconocido.

A su vez, recuerdo pocas obras que me hayan empujado a visitarlas más de una vez. Una tercera y cuarta, quinta o sexta. Obras que reclaman de visitas diarias, que pasan a ser parte del cotidiano. Con esas obras me gustaría que el escueto tiempo de exposición sea mayor y que las ínfimas semanas se conviertan en largas temporadas estivales o invernales. Esas obras se vuelven lugares de peregrinación que mutan la experiencia del arte con el tiempo sacro.

Océan, 33º01’47’’ S / 52º04’00’’ N, Enrique Ramírez, 2013, cortesía del artista.

Océan, 33º01’47’’ S / 52º04’00’’ N, Enrique Ramírez, 2013, cortesía del artista.

Fui incontables veces a sentarme frente al hipnótico video Océan, 33º01’47’’ S / 52º04’00’’ N de Enrique Ramírez que formaba parte de la XI Bienal de Video y Nuevos Medios. Cada vez que me instalaba para contemplarlo el tiempo se encogía y podía estar horas literalmente sumergido en el eterno plano secuencia que mostraba el recorrido de un barco de contenedores desde Valparaíso hasta Dunkerque –el mítico puerto donde se agolparon los soldados aliados que retornaban a Inglaterra escapando de la avanzada Nazi y que forma parte de la hermosa cinta Atonement.

A mayor tiempo de contemplación menor relevancia del mundo exterior. Dentro de las paredes del Bellas Artes me vi consumido por la lentitud y la eternidad del barco. Las mareas, oleajes, días, noches, pasaron frente a mis ojos con la mayor de las normalidades.

El video de Enrique Ramírez aborda un asunto que todos los que han vivido, viajado o armado lazos en la lejanía, han sentido: la insufrible distancia o aislamiento en que se encuentra nuestro terruño. Desde la isla que habitamos vemos siluetas lejanas de un mundo que discurre demasiado lejos –qué certero fue Dittborn al usar la imagen del náufrago en sus aeropostales.

Océan, 33º01’47’’ S / 52º04’00’’ N, Enrique Ramírez, 2013, cortesía del artista.

Océan, 33º01’47’’ S / 52º04’00’’ N, Enrique Ramírez, 2013, cortesía del artista.

A la vez, el video exudaba una imperiosa y radical voluntad por sacar al espectador de la ciudad para hacerlo flotar por un mundo acuoso –Ukiyo-e le llamaban los japoneses a las imágenes de un mundo flotante.

Cuando la actual vida se encarga de acelerar el consumo de los objetos y de las vivencias, en un proceso veloz e irrevocable, Océan entrega una experiencia extraña y ajena de ralentización del final, donde el desenlace –cuál sería sino el arribo al puerto de destino– se pierde más allá del horizonte. Los ojos del espectador buscan en la lejanía y, formados en un mundo de miles de acontecimientos, esperan que aparezca algo memorable, un giro, un golpe, una trama. Así, abandonado de esa manera –esencia de nuestra propia localidad–, el espectador se vuelve huérfano de aquello que piensa que debería entregar el arte –especialmente aquel tipo de arte que le debe en parte al lenguaje cinematográfico.

Océan puede ser ajeno al relato clásico del cine pero no lo es de la historia de la pintura o la literatura: el motivo de la contemplación del infinito acuoso como algo misterioso y romántico (Friedrich), violento e imaginativo (Lautréamont) o simplemente conmovedor y extático (Courbet). Sin embargo, dudo que quienes se hayan entregado a la visión del video de Enrique Ramírez hayan podido estar frente a un vacío o a una nada; lo que sugiero es que como forma de arte le debe menos al giro dramático que a las cargas emotivas y simbólicas de la eterna contemplación de un viaje. Así, quien ingrese en ese sencillo encuadre deberá estar en un constante proceso dubitativo de expectativa, de volcamiento y de extrañeza, palabras tan reales en nuestro terruño.

Océan, 33º01’47’’ S / 52º04’00’’ N, Enrique Ramírez, 2013, cortesía del artista.

Océan, 33º01’47’’ S / 52º04’00’’ N, Enrique Ramírez, 2013, cortesía del artista.

 

III

El 2013 no hubo ninguna obra con la que me haya sentido así de movido como con el video de Enrique Ramírez. Una sensación similar me generó al año siguiente Tántalo de Matthew Neary en las gélidas paredes del MAC de la Quinta, parte de la muestra “Ciudad Sísifo” curada por Carol Illanes y Matías Allende. Pasó de ser un video hecho por un artista con el que mantengo cierto grado de complicidad a un verdadero acontecimiento en mi vida. El solo hecho de saber que estaba ahí me empujaba a entrar al MAC día a día. Sentía su presencia por lejos que estuviera y no me lo podía quitar de la cabeza.

El video, de corta duración, muestra a un joven que se masturba con los ojos clavados en un gigantesco letrero publicitario. Está ambientado de noche, al costado de una autopista que parece llevar al aeropuerto, las luces son cálidas y el frío emana solo del blanquecino y deslavado color del anuncio publicitario. Los autos se sienten pasar y marcan la pauta como un metrónomo para un pianista.

Fui a distintas horas y me sentaba a ver el acto repetirse ad infinitum. A diferencia de Océan de Enrique Ramírez no me abstraía del resto del público, por el contrario, me paraba a sus espaldas para percibir sus reacciones: unos se iban rápido, otros se quedaban; algunas criticaban, otros se reían. Pocos quedaban indiferentes.

Tántalo, Matthew Neary, 2014, cortesía del artista.

Tántalo, Matthew Neary, 2014, cortesía del artista.

Antes que un paisaje, Tántalo es un retrato. Sus secuencias van llevando al espectador desde la visión lejana de la ciudad hacia un plano cerrado del rostro en éxtasis. Las facciones se van haciendo más reconocibles, y la concentración en el cuerpo es fundamental. Por un lado, la belleza femenina artificial, tan quieta y sublime que entrega la publicidad y, por otro, el sencillo e íntimo acto de sumergirse en el placer –nunca autosuficiente– cuyas emanaciones líquidas servirán de abono para la vegetación.

En relación al retrato no me refiero sin duda al de tipo cortesano o eclesiástico que, con las virtudes de un Velásquez, puede llegar a representar los claroscuros de un personaje histórico, sino al género que se abocó en el barroco al tratamiento de los estados anímicos del ser humano (los de Rivera, por ejemplo). De esa manera, el cuerpo individual, con sus rasgos y particularidades, pasó a ser receptáculo de un imaginario común.

Al comienzo del video el cuerpo está presente en el cuadro, la cámara se posa en él, aterriza calculadamente a una acción que lleva haciendo por más del tiempo que el espectador pueda saber. Al terminar, el personaje literalmente se va, sale de escena, deja la tensión erógena y sin pudor recorre el espacio que lo separa del borde de la carretera. En esto, si el goce era como una adicción, una droga que nos hace mantenernos en un estado perpetuo, y la cámara su verdadero cómplice y seducción, su finale viene acompañado de una caída en la normalidad, un somero caminar fuera del encuadre.

Tántalo, Matthew Neary, 2014, cortesía del artista.

Tántalo, Matthew Neary, 2014, cortesía del artista.

Junto con la observación paciente de los demás espectadores, me aboqué a una particular forma de consulta ciudadana en busca de las opiniones de quienes habían visto Tántalo, quizás a la espera de algún grado de aprobación a mi juicio. El popular se mostró muy poco interesado en el video, a lo menos con los que pude conversar. Incluso en las altas esferas del arte escuché decir que no había nada peor que la contemplación de tal cierre maestro: “si tan sólo nos hubiera evitado ese corrosivo colorcito blanco-gris”.

En los círculos académicos no se cansan de insistir en el profundo error de un arte literal –qué pensarán del pop o el mininal. Al contemplar el video de Matthew Neary mi mente viajó libremente hacia terrenos impensados –como lo decía Neto en su última entrada–: el Seedbed de Acconci, las emanaciones eróticas que tanto gustaron al joven Duchamp, las evaporaciones sexuales y los misterios gozosos en Un chant d’amour de Genet, los rostros excitados y mutilados en las freeway de Crash, o bien las expresiones más frenéticas de un Fassbender en Shame.

Sin embargo, mientras el ánimo del vox populi se detenía incapaz de superar el hecho individual, fundamental qué duda cabe, mi cabeza no paraba de superponer al cuerpo apoyado tan sutilmente en la hierba esa imagen que ilustraba El erotismo de Bataille. Sólo un conjunto de líneas en las rudas superficies de Lascaux que con certeza refieren a un cazador con cabeza de pájaro en una actitud de trance sexual. La totalidad de las imágenes del libro, como en el Atlas de Warburg, persigue entender esa expresión.

Tántalo y Océan son dos videos de dos artistas chilenos; pero son mucho más que eso. Las implicancias que tendrán en la construcción de una mirada sobre el arte chileno recién comienzan: las generalizaciones que abundarán, las hipótesis y conceptos que verán surgir, le serán deudores de ese momento germinal, de esa experiencia inigualable que constituyó un verdadero faro en la vida santiaguina.

 

Tántalo, Matthew Neary, 2014, cortesía del artista.

Tántalo, Matthew Neary, 2014, cortesía del artista.

El último texto jamás escrito

En medio de los años que revolucionaron al cine norteamericano, entre Easy Rider y Raging Bull, el legendario Peter Bogdanovich se lanzó al estrellato con la dirección de una película de autor, en blanco y negro, lenta y melancólica, que retrataba la vida de un grupo de adolescentes en un perdido y moribundo pueblo de Texas. La cinta se tituló The Last Picture Show y debía su nombre a la decadencia que asoló al polvoriento poblado luego del abrupto cierre del cine local: la marca señera que el mundo de las ilusiones se había acabado (metáfora del fin de la inocente pubertad que un joven Jeff Bridges perdía junto a Cybill Shepherd, femme fatale dentro y fuera de la cámara). Siempre me ha llamado la atención que Bogdanovich hubiese decidido empezar su carrera autoral con una cinta tan oscura y pesimista, y una donde el acto que clausura las apacibles vidas de los lugareños sea el fin de las proyecciones cinematográficas.

Todo el inicio del cine de autor nortamericano parece subsumido bajo un halo mortuario: el deceso en pantalla de Bonnie & Clyde, las balas saliendo de un lugar imperceptible y los cuerpos rodando sacudidos de dolor, marcó un antes y un después en la historia del séptimo arte. Lo suyo hicieron los bike friends Peter Fonda y Dennis Hopper o bien el maloliente Ratso en Midnight Cowboy. Parece ser que toda la camada de nuevos directores, actores, guionistas y productores que revolucionaría la industria de Hollywood decidió consagrar su llegada al planeta con una hecatombe de cuerpos muertos. O mejor: la muerte como forma de nacimiento.

El final de una revista –aunque sea digital– supone una muerte abismante. Aún no sabemos hacia dónde nos llevará este adelantado funeral. Quizás nazca todo un nuevo mundo de posibilidades producto del deceso de la solitaria vida que estaba llevando arteycritica.org. Los que añoren un momento de esplendor solo harán del duelo un proceso más largo. Engañados estamos si creemos que será recordada o, aún más ilusos, revivida post-mortem: basta recordar al moderno Prometeo para saber que nada bueno saldrá de eso.

Quiero pensar, con todo el preámbulo cinematográfico, que a la muerte le sobreviene siempre la vida. La plataforma que conocen y están leyendo en este momento no se acaba; le sigue algo radicalmente diferente y, por qué no, sobrecogedor. Algo que aún no tiene nombre; que no sabemos quién lo liderará; desconocemos qué causas levantará, cuáles serán sus intereses, o bien qué nuevas tramas urdirá.

Si pudiese donarle algo a esa nebulosa que comienza a formarse sería lo siguiente: mientras el motor que lo guíe sea la pasión desmedida e incontenible por alguna forma de arte todo estará bien. Todo podrá ser y nada a la vez. Termino acogiendo el místico tono de una sencilla edición del Tao que alguna vez leí en casa de mi abuelo, un perdido obsequio de don Nica.

 

 

Categoría: Críticas de Arte

Etiquetas: , , , , , , , ,